Días después, el monasterio restaurado en la Toscana se convirtió en escenario. La luz dorada del atardecer se filtraba por los vitrales reconstruidos, proyectando sombras suaves sobre los muros de piedra. El evento reunía a inversores, curadores, representantes culturales. Era una celebración de lo logrado, y una promesa de lo que vendría.
Isabelle caminaba por el pasillo central con paso firme. Su vestido era sobrio, elegante, y su expresión, contenida. A su lado, Noah la acompañaba con una