El comedor de la mansión estaba lleno, pero el ambiente era tranquilo. El aroma a café recién hecho y pan tostado flotaba en el aire. Isabelle bebía a sorbos su té, escuchando a medias la conversación ligera entre Camille y Miranda. Noah, sentado a su lado, hojeaba el periódico con aire distraído.
Estaban ya terminando el desayuno cuando las puertas se abrieron y James apareció.
Recién duchado, el cabello alborotado y aún húmedo, como si se hubiera pasado la toalla deprisa y lo dejara secar al natural. No llevaba saco, y la camisa blanca, desabotonada hasta el tercer botón, revelaba un destello tentador de su pecho y la línea marcada de sus clavículas. Las mangas, arremangadas de forma descuidada, dejaban ver sus antebrazos fuertes. Tenía ese aire de hombre que no necesita esmero para verse peligroso… o irresistible.
Isabelle lo vio entrar y, de golpe, la escena de anoche en el ascensor, el auto, sus labios, sus manos… todo volvió a su mente. Sintió un calor repentino subirle po