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El sabor favorito del depredador #1

Isabelle

Eran las nueve y cincuenta y ocho de la mañana. Lo sabía no porque hubiera mirado el reloj que colgaba sobre la cafetera industrial, sino por el ritmo frenético de mi propio corazón.

Mis manos temblaban ligeramente mientras espolvoreaba azúcar glass sobre los croissants recién horneados. El polvo blanco caía como nieve dulce, cubriendo las imperfecciones de la masa, del mismo modo que yo intentaba cubrir el nerviosismo que me devoraba por dentro.

La pequeña pastelería estaba impregnada de un calor acogedor y aromas dulces. Pero para mí, a esa hora específica, el aire se sentía cargado de electricidad estática, como la atmósfera pesada antes de que estalle una tormenta de verano.

Limpié mis manos en el delantal blanco, alisando la tela sobre mis caderas. Miré mi reflejo en la vitrina de pasteles. Mis mejillas estaban sonrojadas por el calor del horno, o quizás, por la anticipación.

«Solo es un cliente, Isabelle. No seas ridícula» intentó convencerme a mí misma, pero él no era solo un cliente.

La campana de la puerta tintineó a las diez en punto, anunciando su llegada.

El aire en la pequeña pastelería cambió instantáneamente. La calidez azucarada fué desplazada por una presencia tan masiva, tan abrumadoramente masculina, que sentí que las paredes se encogían.

Gabriel había llegado.

Entró con esa elegancia depredadora que contradecía su tamaño. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta negra de algodón que parecía luchar una batalla perdida por contener su torso ancho y sus fuertes bíceps. La tela se estiraba tensa sobre su pecho, delineando cada músculo esculpido, cada indicio de una fuerza bruta que parecía dormir bajo su piel.

Levanté la vista para no dejarme en evidencia, y me quedé sin aliento.

Su rostro era una escultura de líneas masculinas. Una mandíbula cuadrada y fuerte cubierta por una sombra de barba de un día que invitaba al tacto, pómulos altos y una nariz recta. Tenía el cabello oscuro y ligeramente largo, le daba un aire salvaje y devastadoramente atractivo.

Pero eran sus ojos los que hacían que mi corazón golpeara con fuerza. Eran de un café oscuro que endurecían sus rasgos y le daban una intensidad que hacía que mi rostro se calentara cuando me miraba.

Caminó hacia el mostrador, y con cada paso de sus botas pesadas sobre la madera, mi pulso se aceleraba. Llevé un mechón de cabello tras mi oreja en un tonto intento por disipar mis nervios.

—Buenos días, Isabelle —pronunció cada sílaba de mi nombre con su voz profunda y ronca. Se sintió como una caricia sobre mi piel, deslizándose hacia mi vientre, despertando un enjambre de mariposas.

—Buenos días, Gabriel —respondí, para mi suerte, mi voz no reveló cuánto me afectaba su presencia y su cercanía.

Se detuvo frente a la vitrina, pero no miró los pasteles. Me miró a mí. Su mirada recorrió mi rostro, bajó a mi cuello y se detuvo un segundo en el pulso frenético que latía en mi garganta, antes de volver a subir a mis ojos. Esa intensidad… era como si me tocara sin ponerme un dedo encima. Sentí un calor repentino subir por mi piel, una mezcla de timidez y deseo.

—¿Lo de siempre? —pregunté, rompiendo el silencio.

—El de arándanos —confirmó.

—Que bueno que te guste, es…

—Tu favorito —completó él por mí.

Se lo había dicho la primera vez que había entrado a la cafetería. Me había preguntado qué le recomendaba, aunque su mirada no se centró en los postres, sino en mí.

Solo pude asentir, una pequeña sonrisa escapando de mis labios.

Él se apoyó en el mostrador, inclinándose ligeramente hacia adelante, y fué cuando su aroma llenó mi pecho.

No olía a colonia barata ni a jabón genérico. Olía a cedro, a aire limpio y a algo puramente masculino. Era adictivo, una fragancia que activaba instintos primitivos en mi cerebro, gritándome que me acercara, que hundiera mi nariz en su cuello e inhalara hasta embriagarme.

Me giré rápidamente para buscar el muffin, necesitando poner distancia física entre nosotros antes de hacer alguna estupidez. Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer las pinzas. Coloqué el muffin en una bolsa de papel con un cuidado absurdo, ganando tiempo.

Porque, aunque su cercanía alteraba mi sistema, no quería que se fuera.

Cuando me volví, él seguía allí, inmóvil, observándome con esa paciencia de cazador que espera a que su presa deje de correr.

Le tendí la bolsa. Él extendió su mano, enorme, con venas marcadas recorriendo su antebrazo. Al tomar el paquete, sus dedos rozaron los míos. Fué apenas un instante, pero el toque de su piel sobre la mía despertó un cosquilleo que se deslizó por mi cuerpo entero, haciéndome jadear suavemente ante la extraña sensación.

Retiré la mano como si me hubiera quemado. Gabriel no se movió, pero sus ojos se oscurecieron aún más, las pupilas dilatadas devorando el iris café.

—Gracias, Isabelle —murmuró. No se movió para irse. Parecía contenerse, cada músculo de su cuerpo tenso, como si estuviera librando una batalla interna.

—De nada —susurré, hipnotizada.

La tensión estalló en mis venas. Él no dejaba de mirar mi boca y yo, como un reflejo, me quedé hipnotizada por la suya. Podía sentir el calor irradiando de su cuerpo, llamándome. La espera era agonizante. Necesitaba que hiciera algo. Necesitaba que rompiera las reglas, se inclinara hacia mí y…

El sonido brusco de la puerta abriéndose de golpe rompió el hechizo como un cristal contra el suelo.

Gabriel se tensó, su postura relajada desapareciendo en una fracción de segundo, reemplazada por una alerta rígida. Se giró lentamente, pero no se marchó.

Entraron dos hombres. No eran clientes. Lo supe al instante por la forma en que vestían con chaquetas de cuero baratas y por la mueca de desprecio con la que miraron mi tienda. El aire dulce se agrió con su presencia. Eran matones locales, cobradores de "protección" que habían estado acosando a los comerciantes de la zona durante el último mes.

—Vaya, vaya —dijo el más alto, un tipo con una cicatriz en la ceja—. Qué aroma tan dulce, y no me refiero a los pasteles.

Sentí un escalofrío de miedo real recorrerme la espalda.

—Señorita Isabelle —dijo el segundo, un hombre bajo y fornido, acercándose al mostrador con una arrogancia que me revolvió el estómago—. Se le acabó el plazo. El jefe quiere su cuota.

—No tengo dinero —dije, mi voz temblando. Retrocedí un paso hasta chocar con los estantes traseros—. Apenas cubro los gastos. Así que no encontrarán nada. Márchense ahora.

El alto se rió, un sonido seco y desagradable. Agarró una de las bandejas de cristal que contenía trufas y la lanzó al suelo. El estruendo del vidrio rompiéndose me hizo gritar.

—Eso no es lo que queremos oír, linda.

Se acercó peligrosamente. Caminó sobre los cristales rotos y rodeó el mostrador.

El miedo me paralizó. Estaba acorralada.

—Quizás si no tienes dinero… —el tipo bajo me miró con una lascivia repugnante, sus ojos recorriendo mi cuerpo de una manera que me hizo sentir sucia—. Podríamos llegar a otro tipo de acuerdo.

Extendió una mano sucia hacia mi cara. Me encogí, cerrando los ojos, esperando el golpe, o algo peor, pero entonces, el sonido metálico y definitivo del seguro de la puerta resonó en el silencio tenso.

Abrí los ojos.

Los matones se giraron, confundidos.

Gabriel estaba allí, bloqueando la salida. Había cerrado la puerta con seguro. Cuando se giró hacia nosotros, ya no parecía el cliente atractivo y misterioso que compraba muffins.

Parecía la Muerte misma.

—¿Quién carajo eres tú? —escupió el matón alto, sacando una navaja del bolsillo—. Piensalo dos veces antes de meterte, imbécil. O las cosas se pondrán muy feas para tí.

Gabriel ni siquiera se inmutó ante la amenaza, la cual era casi ridícula porque esos matones no eran nada al lado suyo. Él solo avanzó con una calma sombría y, lo que sucedió entonces, fué tan rápido que mi cerebro apenas pudo procesarlo.

El matón alto se lanzó hacia él con la navaja. Gabriel atrapó la muñeca del hombre en el aire. Se oyó un crujido repugnante, el sonido de huesos rompiéndose como ramas secas.

El matón aulló, soltando el arma, pero Gabriel no había terminado. Con una fuerza que parecía imposible, inhumana, lo levantó por el cuello y lo lanzó a través de la tienda como si fuera un muñeco. El cuerpo del hombre se estrelló contra la pared opuesta con tal violencia que se agrietó, y cayó inconsciente al suelo.

El segundo hombre, el que había intentado tocarme, se quedó paralizado, con los ojos desorbitados por el terror.

—¡¿Qué eres?! —chilló, retrocediendo.

Gabriel gruñó. No fué un sonido humano, fué sonido gutural, oscuro, que parecía emerger de lo más profundo de su pecho.

—La bestia que te arrancará la garganta por atreverte a tocar lo que es suyo —su tono fué sombrío mientras se acercaba a él como un depredador a su presa.

El hombre intentó enfrentarse a Gabriel a pesar de su miedo, pero fué un intento en vano, casi ridículo, porque para Gabriel no fué difícil esquivar uno de sus golpes, darle un puñetazo en el abdomen y luego otro en el rostro, haciendo que el matón cayera desplomado.

El silencio volvió pero, después del caos y la violencia, se sentía inquietante.

Yo estaba inmóvil, observando la escena con el corazón a punto de escapar de mi pecho. Mi pastelería estaba destrozada y la sangre de esos matones manchaba mi suelo inmaculado.

Lentamente, Gabriel se giró hacia mí.

Tenía los nudillos rotos, las manos en puños como si estuviera conteniendose de seguir golpeando a esos matones, las venas se delineaban bajo la piel de sus antebrazos. La camiseta se tensaba hasta el límite sobre sus músculos tensos.

Parecía… un animal.

Pero, incluso ante su peligroso estado y mi instinto diciendome que huyera lejos, no pude moverme, ni apartar la mirada.

Dió un paso hacia mí, luego otro. Debí haber gritado, o al menos intentado huir, pero mis pies estaban clavados al suelo. Mi cuerpo no respondía al miedo, sino a él.

Se acercó hasta que su cuerpo enorme bloqueó toda la luz, acorralándome contra los estantes a mis espaldas. Estaba tan cerca que su aroma y el calor de su cuerpo envolvieron el mío. Me estremecí, pero nada tenía que ver con el miedo.

Levanté la vista, temblando, y ahogué un grito.

Sus ojos.

Ya no eran café oscuro.

Sus iris brillaban con un color dorado líquido, intenso, sobrenatural. Un brillo animal, depredador, que parecía ver directamente dentro de mi alma.

Levantó una mano ensangrentada hacia mi rostro. Esperé violencia, pero cuando sus dedos tocaron mi mejilla, fueron de una delicadeza desgarradora. Su pulgar acarició mi pómulo, limpiando una lágrima que no sabía que había derramado.

El contraste entre la brutalidad con la que había destrozado a esos hombres y la ternura con la que me estaba tocando hizo que mi corazón se detuviera.

Acercó su rostro al mío, sus labios rozando mi oreja, y su aliento cálido provocó que mi piel se erizara.

—Mía —gruñó, una posesión absoluta, innegable… y dulcemente aterradora.

Pero cuando una sensación cálida e inexplicable despertó en mi pecho, supe que algo había cambiado dentro de mí... y que mi vida tranquila jamás volvería a ser la misma.

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