Isabelle
En cuanto las puertas del ascensor del edificio de Gabriel se cerraron, su aroma se adueñó del pequeño lugar. Su mano en ningún momento soltó la mía, parecía que alejarse de mí fuera a significar la muerte. Era una sensación tan agradable como abrumadora.
Cuando las puertas se volvieron a abrir, lo que revelaron me dejó sin aliento. Debí suponer lo que encontraría teniendo en cuenta lo opulento del exterior del edificio.
Si mi pastelería era calidez, dulzura y colores pastel, el ático