Isabelle
En cuanto las puertas del ascensor del edificio de Gabriel se cerraron, su aroma se adueñó del pequeño lugar. Su mano en ningún momento soltó la mía, parecía que alejarse de mí fuera a significar la muerte. Era una sensación tan agradable como abrumadora.
Cuando las puertas se volvieron a abrir, lo que revelaron me dejó sin aliento. Debí suponer lo que encontraría teniendo en cuenta lo opulento del exterior del edificio.
Si mi pastelería era calidez, dulzura y colores pastel, el ático de Gabriel era frialdad, sofisticación y sombras.
Entramos en un espacio abierto, enorme, con paredes de cristal que iban del suelo al techo y mostraban la ciudad del otro lado. El suelo era de mármol oscuro, los muebles de cuero negro y líneas rectas.
Todo gritaba dinero, poder y una soledad inmensa.
Gabriel rodeó mi cintura con sus fuertes brazos, atrayéndome hacia su cuerpo.
—Bienvenida a casa —murmuró en mi oído y su voz profunda acarició mi piel.
En cuanto me volví hacia él, me llevó contr