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La bibliotecaria y la bestia #3

Emery

El sonido de una página al pasar resonó como un eco en la calma de la biblioteca.

Llevaba dos horas allí. Ciento veinte minutos de tortura psicológica y física. Ambrose estaba sentado en el sillón de lectura individual, ocupando casi todo el espacio con su cuerpo masivo. Sus piernas largas estaban estiradas frente a él, cruzadas a la altura de los tobillos, y sostenía un libro pesado entre sus enormes manos.

Ni siquiera estaba segura de que estuviera leyendo.

De vez en cuando, pasaba una página con una brusquedad que amenazaba con rasgar el papel, pero sus ojos oscuros no seguían las líneas de texto. Sus ojos me seguían a mí.

Cada vez que yo me movía detrás del mostrador para archivar una ficha, su mirada se clavaba en mi nuca. Cada vez que me estiraba para alcanzar un bolígrafo, sentía su atención recorrer la curva de mi espalda bajo el suéter. Era una presencia amenazando con hacerme perder la cordura.

—Vas a perforarme la espalda si sigues mirándome así —murmuré, sin levantar la vista de mi teclado.

—El libro es aburrido —respondió él. Su voz era un retumbo bajo, como un trueno lejano—. Trata sobre cosas de la manada de hace cincuenta años. No entiendo por qué guardas toda esta basura.

—Es historia, Ambrose.

—Tú eres más interesante.

Me mordí el labio inferior, sintiendo un calor traicionero subir por mi cuello. Él no tenía filtro. Era pura honestidad brutal y deseo sin refinar.

Decidí que necesitaba moverme. La tensión en el mostrador se estaba volviendo asfixiante. Tomé una pila de libros devueltos, enciclopedias pesadas, y me dirigí hacia donde estaba su sección, en el fondo de la sala, esperando que la distancia me ayudara a respirar.

Escuché el crujido del sillón cuando él se levantó.

Por supuesto que me iba a seguir.

Caminé rápido, mis pasos amortiguados por la alfombra, pero él se movía con ese silencio depredador de los lobos, una sombra letal pegada a mis talones.

Llegué a la estantería alta. El hueco vacío estaba en el estante superior. Maldije internamente mi estatura y arrastré la escalera de madera con rieles.

—Yo puedo hacerlo —dijo Ambrose justo detrás de mí. Estaba tan cerca que sentí el calor de su pecho irradiar contra mi espalda, acelerando mis pulsaciones.

—Puedo hacerlo sola —repliqué, mi voz temblando ligeramente.

Subí dos peldaños. El cambio de altura me puso en una posición precaria. Al levantar los brazos para empujar el libro pesado en su lugar, el suéter se me subió un poco, exponiendo probablemente una franja de piel en mi espalda baja y la curva de mis caderas enfundadas en los vaqueros.

Escuché una inhalación profunda y rasposa detrás de mí. Un sonido de hambre pura.

Mis manos sudaron. El libro se me resbaló torpemente de los dedos.

—¡Cuidado!

Intenté atraparlo, pero solo logré golpearlo. El libro cayó al vacío.

Ambos reaccionamos. Bajé de un salto y él se agachó con reflejos sobrenaturales. Nuestras manos chocaron sobre la cubierta de cuero del libro en el suelo.

El contacto despertó un cosquilleo cálido e instantáneo bajo mi piel.

Nuestros dedos se enredaron. Levanté la vista y me encontré con su rostro a centímetros del mío. Estaba agachado, sus muslos tensos casi rozando los míos. El aire se escapó de mis pulmones.

—Estás temblando —susurró Ambrose. Su pulgar acarició el dorso de mi mano, un toque áspero y electrizante.

—Me pones nerviosa —admití, incapaz de mentirle a esos ojos oscuros que parecían ver mi alma.

—Bien —una sonrisa ladeada, casi cruel en su sensualidad, curvó sus labios—. Porque yo llevo dos horas conteniendo las ganas de arrancarte esa ropa que usas como armadura.

Mi corazón se detuvo un segundo y luego arrancó al galope.

—Estamos en la biblioteca, Ambrose...

—No hay nadie, Emery —gruñó.

Antes de que pudiera procesar su movimiento, él se levantó, arrastrándome con él. No me soltó. Con una facilidad aterradora, me levantó por la cintura como si yo no pesara más que una pluma y me sentó sobre el escritorio de madera oscura que teníamos al lado.

Mis piernas quedaron colgando, abiertas por su torso, que se metió entre mis muslos instantáneamente.

—Ambrose...

—Cállate, Emery —su voz era ronca, urgente. Sus manos grandes subieron por mis muslos, apretando la carne con posesividad, subiendo hasta agarrar el borde de mi suéter—. Odio esta cosa. Escondes todo lo que quiero ver.

No pidió permiso. Tiró de la prenda hacia arriba. Yo levanté los brazos, rendida, mi cerebro cortocircuitado por la intensidad de su deseo. Cuando mi cabeza emergió del cuello de lana, el aire fresco de la biblioteca golpeó mi piel, seguido inmediatamente por el calor abrasador de sus palmas.

Llevaba un sujetador de encaje sencillo, color crema. Mis pechos, más grandes de lo que mi ropa holgada sugería, subían y bajaban con mi respiración agitada.

Los ojos de Ambrose se oscurecieron.

—Joder... —soltó el aire como si le hubieran dado un puñetazo—. Sabía que te escondías. Sabía que te guardabas estas curvas solo para mí.

Se inclinó y enterró su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma como un adicto. Sus dientes rasparon la piel sensible sobre mi pulso, y un gemido involuntario escapó de mi garganta.

—Ambrose, por favor...

—¿Por favor qué? —murmuró contra mi piel, sus manos bajando para desabrochar el botón de mis pantalones con una destreza impaciente—. ¿Por favor para? ¿O por favor te folle aquí mismo sobre estos libros aburridos?

—Fóllame —jadeé, mis manos aferrándose a sus hombros anchos, mis dedos hundiéndose en su camiseta.

Él gruñó, un sonido animal de aprobación. Tiró de mis pantalones y mi ropa interior hacia abajo en un solo movimiento, dejándolos en mis tobillos. Pateé para liberarme, desesperada por sentirlo.

Él no se desnudó. Solo bajó su cremallera, liberando su erección. Cuando lo ví, grueso y palpitante de necesidad, mis ojos se abrieron desmesuradamente tras mis gafas. Era enorme.

—Me vas a romper —susurré, una mezcla de miedo y excitación humedeciendo mi centro—. Eso no… Ambrose, no…

—Estás hecha para mí, ratoncita. Te estirarás para recibirme —me tomó de las caderas y me arrastró hasta el borde del escritorio, hasta que mi trasero quedó al límite—. Mírame.

Levanté las manos para quitarme las gafas, un reflejo automático de vulnerabilidad.

—No —su mano atrapó mi muñeca—. Déjatelas.

—Se van a caer...

—Quiero que me veas —dijo, su voz cargada de una intensidad feroz—. Quiero ver tus ojos claros a través de esos cristales mientras te hago mía. Quiero que veas exactamente quién te está llenando. Quien te está reclamando, Emery.

Me soltó las muñecas y agarró mis rodillas, abriendome más, exponiendo mi intimidad a su mirada voraz. Mis mejillas ardieron. Ambrose bajó la vista hacia mi sexo, que brillaba con mi propia humedad, rosado y expuesto. Su nuez de Adán subió y bajó al tragar saliva.

—Joder, Emery —gruñó, rozando su pulgar contra mi clítoris, haciendome gemir y arquear la espalda hacia él—. Tu bonito coño llora por mí.

Sin más preámbulos, agarró su miembro y arrastró mi propia humedad sobre mis pliegues, en una tortura exquisita, antes de presionar su glande contra mi entrada.

—Agárrate a mí, Emery.

Envolví mis brazos alrededor de su cuello y mis piernas alrededor de su cintura poderosa. Él empujó dentro de mí.

Fué más suave de lo que esperaba. Me penetró lentamente, abriendo mi húmedo canal con su miembro de una manera tan placentera como dolorosa, y una plenitud abrumadora me invadió.

—Ambrose, duele… —sollocé, enterrando mi cara en su cuello, absorbiendo su aroma que parecía un sedante, pero sin intención alguna de apartarlo.

—Mírame —ordenó, deteniéndose cuando estuvo hundido hasta la base.

Levanté la cabeza. A través de mis gafas, su atractivo rostro de facciones salvajes reflejaba el esfuerzo que estaba haciendo al contenerse y no follarme como sabía que podía hacerlo. Sus manos se hundían en mi cadera con fuerza.

Pero en su mirada oscura y hambrienta hubo un pequeño reflejo de suavidad al ver las lágrimas humedeciendo mis ojos. Sus dedos estimularon mi clítoris, haciendo que me relajara y que mi excitación incrementara, mientras mi estrecho canal se adaptaba a su grosor.

—¿Aún duele? —preguntó un momento después.

Solo pude negar. El dolor se había rendido ante el placer y solo deseaba que me follara. Que me reclamara como suya.

—Eres mía, Emery —gruñó—. Mía.

Comenzó a moverse. Entraba y salía de mi interior casi por completo, dejándome sentir cada centímetro de su miembro en una fricción exquisita. Luego comenzó a golpear más profundo en mi interior, más fuerte. El mundo se redujo a su miembro bombeando mi canal, al sonido de nuestras caderas chocando y a sus gruñidos guturales.

—Dí que eres mía, Emery —jadeó, aferrándose a mis caderas y golpeando en mi interior sensible una y otra vez—. Dí que me perteneces.

—Te pertenezco, Ambrose... —gemí, mi cabeza cayendo hacia atrás, casi sin aliento mientras me empujaba cada vez más y más cerca del abismo.

—Maldita sea, sí.

Su mano grande se deslizó entre nuestros cuerpos, encontrando mi clítoris mientras me embestía con más fuerza. La doble estimulación fué demasiado.

Sentí la presión acumularse en mi vientre bajo, una ola de calor que amenazaba con sofocarme. Sentí mi coño apretar su miembro y Ambrose hundió su rostro en mi cuello, gruñendo contra mi piel.

—Ambrose...

—Vente para mí, Emery.

Su pulgar frotó con más fuerza y me rompí.

El orgasmo me golpeó con la fuerza de un huracán. Mi canal se contrajo alrededor de su grosor, apretándolo con fuerza. Y mis uñas se clavaron en su fuerte espalda, aferrándome a él como si de eso dependiera mi vida, mientras me deshacía entre sus brazos.

Ambrose hundió sus dedos en mi cabello y entonces estampó mi boca con la suya en un beso voraz, húmedo y salvaje. Su lengua se hundió en mi boca, buscando la mía, fué intenso y placentero.

Continuó embistiendome sobre aquél mueble hasta que sentí su liberación llenando mi interior, marcándome de una manera primitiva que sólo él podría.

Cuando finalmente nos separamos, solo nuestras respiraciones agitadas llenaban el silencio de la biblioteca. Ambrose no salió de mi interior, continuó enterrado hasta el fondo. Hundió su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma, causándome cosquillas.

—Vainilla y sexo —murmuró, y sentí su sonrisa perezosa y satisfecha sobre mi piel—. Mi nuevo aroma favorito.

Alzó el rostro. No tenía esa mirada dura que reflejaba lo peligroso que era, sino un brillo extraño en sus ojos oscuros. Tenía los labios enrojecidos y las mejillas con un leve rubor por el esfuerzo. Se veía tan devastadoramente guapo y tierno. Una palabra que jamás pensé usar con él.

Sus dedos acariciaron mi cabello desordenado mientras su mirada se clavaba en mi boca. Quería que me besara, realmente lo deseaba, pero antes de que pudiera hacerlo, nuestro momento fué interrumpido abruptamente.

Alguien estaba golpeando la puerta principal de la biblioteca. No eran golpes de cortesía. Eran golpes que hacían temblar las bisagras.

—¡Abre la maldita puerta! ¡Sabemos que estás ahí, Ambrose!

Me tensé, el pánico inundando mi sistema. Ambrose cambió en un segundo. La suavidad post-orgásmica desapareció, reemplazada por una tensión letal. Se salió de mi cuerpo bruscamente y se subió la cremallera, girándose hacia la puerta con un gruñido bajo vibrando en su pecho.

—Son enviados del Alpha —dijo, su voz carente de cualquier calidez.

Me bajé del escritorio, temblando, buscando mi ropa interior y mis pantalones con manos torpes.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te buscan así?

Ambrose se giró de golpe, cortando la distancia entre nosotros. Me hizo retroceder hasta que mi espalda chocó contra el mueble y, sin darme tiempo a recuperar el aliento, devoró mi boca.

Fué beso breve, duro y hambriento. Como una despedida que sabía a un deseo violento de quedarse. Y no me gustó.

—Hubo problemas en la frontera —dijo cuando nos separamos—. Creen que yo tuve la culpa de la brecha de seguridad.

Aquello me dió una mala espina.

Los golpes se hicieron más fuertes.

—No abras hasta que yo me haya ido —ordenó, retrocediendo hacia la salida trasera de emergencia—. Y si no vuelvo esta noche...

—Ambrose... —susurré, el miedo helando mi sangre, haciéndome estremecer.

Me abroché el vaquero con dedos temblorosos, más que dispuesta a seguirlo.

—Si no vuelvo, recuerda que eres mía. Que lo sepa la manada. Que lo sepa cualquiera que intente tocarte.

Y con eso, la bestia desapareció por la puerta trasera, dejándome sola y con el sonido de la puerta principal a punto de ser derribada.

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