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El sabor favorito del depredador #2

Isabelle

Debí haber huído.

Debí haberme asustado.

Estaba acorralada entre los estantes de mi propia pastelería, por el cuerpo masivo de un hombre peligroso que acababa de dejar a dos matones inconscientes y ensangrentados a pocos metros.

Y eso sin mencionar el dorado inhumano que se había encendido en sus iris.

Pero mi cuerpo no entendía de lógica.

Mi corazón no empujaba contra mis costillas por miedo a morir, sino por una razón mucho más peligrosa y primitiva.

Quería pertenecerle.

Gabriel parpadeó y, tan rápido como había aparecido, el brillo dorado se desvaneció, dejando paso a ese café oscuro, profundo y tan irresistible.

Sin embargo, la intensidad no disminuyó. Seguía mirándome como si yo fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra.

—Estás temblando —murmuró. Su voz se había vuelto grave y profunda. Parecía acariciar mi piel ante nuestra cercanía.

—Yo… —intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta cuando su mano grande y fuerte envolvió la mía.

Su piel estaba caliente, un contraste brutal con el frío que se había instalado en mis huesos tras el ataque. Lejos de rechazarlo, mis dedos se curvaron instintivamente alrededor de los suyos, buscando ese calor, esa seguridad absurda que él emanaba.

No me llevó hacia la salida principal, donde el desastre de vidrio y sangre manchaba el suelo. Me guió hacia la puerta que daba a la cocina trasera.

Me dejé llevar, sin detenerme a pensar en lo que estaba haciendo. Mis piernas se movían por inercia, confiando ciegamente en la guía de su agarre firme.

Entramos en la zona de preparación, donde el olor a vainilla y pan recién horneado flotaba en el aire, ajeno a la violencia del exterior. Gabriel me soltó solo para rodear mi cintura. Sentí la presión de sus dedos, posesiva y firme, antes de que me elevara en el aire con una facilidad pasmosa, como si yo no pesara más que una pluma, para sentarme en el borde de la mesa fría.

Quedé a su altura.

El instinto me hizo separar las rodillas para mantener el equilibrio, y él, sin dudarlo, se colocó entre mis piernas.

El aire abandonó mis pulmones.

Estaba atrapada entre el acero frío de la mesa bajo mis muslos y la calidez del masivo cuerpo de Gabriel frente a mí.

Su aroma y el calor de su cercanía me envolvían de manera embriagadora.

Gabriel apoyó las manos a ambos lados de mis caderas, encerrándome en su jaula de brazos fuertes, y se inclinó lo suficiente para hundir su rostro en el hueco de mi cuello.

Me quedé paralizada, con la respiración contenida, mientras sentía la punta de su nariz rozar la piel sensible bajo mi oreja.

Inhaló profundamente.

Fué un sonido largo, arrastrado, casi obsceno. Un sonido de pura necesidad.

—Gabriel… —susurré, mi voz temblorosa, mis manos posándose instintivamente sobre sus hombros anchos. Sentí sus músculos duros como rocas bajo mis palmas. Él se estremeció ante mi toque.

—Tu corazón —murmuró contra mi piel, sus labios rozando mi pulso, despertando sensaciones extrañas y agradables en mi vientre—. Va tan rápido como un colibrí.

Levantó la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros, enmarcados por esas pestañas negras y espesas, se clavaron en los míos. Había una pregunta en ellos, una curiosidad depredadora.

—Dime, Isabelle —su voz se volvió ronca, íntima—. ¿Late así porque todavía tienes miedo de lo que pasó allá afuera?

Acercó su rostro un poco más, tanto que nuestras narices casi se rozaban.

—¿O es a mí a quien temes?

Tragué saliva, incapaz de mentirle. No con esa mirada escrutándome el alma.

—No te tengo miedo —confesé en un susurro. Era la verdad, por ilógica que fuera. Me sentía segura. Protegida. Como si nada en el mundo pudiera tocarme mientras él estuviera allí.

Una chispa de satisfacción brilló en sus ojos.

—Entonces… —deslizó una mano desde la mesa hasta mi cintura, su pulgar trazando círculos lentos y agonizantes sobre la tela de mi delantal, quemándome la piel a través de la ropa—. ¿Te inquieta mi cercanía?

—Sí —admití, y el rubor subió por mis mejillas.

Gabriel soltó un suspiro áspero y apoyó su frente contra la mía. Cerró los ojos un momento, como si estuviera luchando por controlarse, como si estuviera librando una batalla interna monumental.

—Debería alejarme —dijo, con los dientes apretados—. Debería haber tomado esa bolsa y haberme largado, como he hecho cada maldito día durante el último mes.

La mención de su rutina diaria rompió momentáneamente el trance.

—El muffin de arándanos —murmuré, recordando la bolsa de papel que había quedado olvidada en el mostrador destrozado—. Te daré otro por haber…

Gabriel soltó una risa corta y ronca que vibró sobre mi piel.

—Odio los arándanos, Isabelle.

Parpadeé, confundida.

—¿Qué? Pero… vienes todos los días. Siempre pides lo mismo. Siempre te lo comes.

Él negó levemente con la cabeza, una sonrisa de medio lado curvando sus labios, una sonrisa que no llegaba a ser dulce, sino cargada de una intención oscura y fascinante.

—Odio los dulces, Isabelle.

—No entiendo… —mi mente daba vueltas—. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué vienes aquí tan puntual cada mañana?

Gabriel levantó una mano y, con una delicadeza que contradecía su tamaño y la violencia de la que era capaz, apartó un mechón de cabello de mi frente. Sus dedos rozaron mi piel, y el contacto fué tan íntimo que sentí ganas de llorar.

Su cercanía estaba despertando en mí sensaciones desconocidas, agradables, pero también un tanto abrumadoras.

No entendía qué estaba pasando conmigo.

—Lo dulce no es de mi agrado —susurró, su mirada bajando a mis labios—. Pero tú sí.

El mundo se detuvo ante su confesión.

—Venía por ti —continuó, cada palabra golpeando mi pecho con fuerza—. Soportaba ese maldito sabor azucarado cada mañana solo para tener una excusa. Solo para verte durante esos tres minutos. Para oírte decir mi nombre.

Mi corazón, que ya latía rápido, se desbocó por completo.

—Gabriel…

—He intentado mantenerme al margen —su expresión se endureció, la tensión volviendo a sus hombros—. Sé que no debía acercarme. Que soy… demasiado peligroso para alguien tan delicada y dulce como tú.

Apretó sus manos en mi cintura, acercándome más a él hasta que mis muslos chocaron contra su abdomen duro.

—Mi bestia ha estado impaciente. Me exigía que te reclamara, que dejara de observar desde la distancia, pero me contuve. Por tu bien.

Su mirada se oscureció, volviéndose tormentosa.

—Pero entonces, esos imbéciles entraron. Te ví acorralada, ví el miedo en tus ojos. Nunca permitiría que te tocaran —pronunció cada palabra como una promesa oscura y violenta que me provocó una extraña sensación de seguridad—. Verte en peligro hizo que el control que he estado manteniendo con tanto esfuerzo se hiciera pedazos en el momento en que ese bastardo intentó ponerte una mano encima.

—Me salvaste —susurré, acariciando tentativamente su nuca, mis dedos enredándose en su suave cabello.

Él se inclinó hacia mi toque, cerrando los ojos por un segundo, como un animal hambriento de afecto.

—No podía permitir que te tocaran. Nadie te toca.

Abrió los ojos de golpe y esa intensidad dorada amenazó con volver.

—Ya no hay vuelta atrás, Isabelle. Intenté ser un caballero, ir despacio para que no te alejaras, pero ya no puedo. Mi bestia te ha probado, ha olido tu miedo y tu deseo, y ahora… ahora sabe que eres real.

Se inclinó, sus labios rozando la comisura de mi boca, sin llegar a besarme realmente, una tortura exquisita.

—Mi bestia quiere reclamarte, Isabelle. Y no voy a contenerla más tiempo.

Un escalofrío delicioso y aterrador me recorrió la columna. No sabía qué significaba exactamente "reclamarme", ni qué era esa "bestia" de la que hablaba, aunque había visto lo suficiente para saber que no era una metáfora.

Pero, extrañamente, la idea no me repelía. Me atraía como un imán.

Gabriel se apartó bruscamente, como si le doliera físicamente poner distancia entre nosotros.

—Vámonos —ordenó.

Me bajó de la mesa y volvió a entrelazar sus dedos con los míos.

—¿Irnos? —pregunté, aturdida, mirando hacia la puerta de la cocina—. Pero… la tienda. Está destrozada. No puedo dejarla así, la policía vendrá y…

—Me encargaré —me cortó—. Tengo gente que se ocupará de todo. Limpiarán, repararán los daños y se asegurarán de que esa basura que te amenazó no vuelva a caminar cerca de este barrio nunca más.

—Pero…

—Isabelle —me detuvo, girándose para mirarme. Su rostro era serio, emanando una autoridad natural que me hizo guardar silencio—. Confía en mí.

Y lo hice.

Sin ninguna razón lógica, asentí.

Salimos por la puerta trasera, hacia el callejón donde él tenía aparcado su vehículo.

Era una camioneta negra, enorme, un todoterreno con cristales tintados que parecía un tanque militar sofisticado. Era tan grande e imponente como su dueño.

Gabriel abrió la puerta del copiloto y me ayudó a subir. La altura era considerable. Una vez sentada en el asiento de cuero, que olía a él, me sentí pequeña.

Él no cerró la puerta de inmediato. Se inclinó sobre mí, invadiendo mi espacio personal una vez más.

Mi respiración se cortó.

Sus manos grandes buscaron el cinturón de seguridad. Tiró de la correa cruzando mi pecho, sus nudillos rozando mis senos accidentalmente, provocando que mis pezones se endurecieran al instante bajo la tela de mi blusa.

Gabriel se detuvo. Sus ojos bajaron a mi pecho, notando mi reacción, y luego subieron a mis ojos, oscuros de deseo.

—Joder —murmuró entre dientes, abrochando el cinturón con un clic sonoro—. Tienes que dejar de mirarme así si quieres que lleguemos a nuestro destino sin que detenga el coche a medio camino.

Se alejó, cerró la puerta y rodeó el vehículo con pasos largos y depredadores. Subió al asiento del conductor y el motor rugió con una potencia bestial.

Mientras arrancaba y salíamos del callejón, dejando atrás mi vida tal y como la conocía, la realidad de la situación empezó a asentarse.

Estaba en el coche de un hombre que acababa de casi matar a dos personas con sus propias manos para defenderme. Un hombre que hablaba de bestias y de reclamaciones. Un hombre del que no sabía casi nada, excepto que le gustaba verme y que odiaba los arándanos.

¿Entonces por qué sentía que lo conocía?

¿Por qué me provocaba aquello?

—¿A dónde vamos? —pregunté, mi voz apenas un murmullo en la cabina silenciosa y sofisticada.

Gabriel no apartó la vista de la carretera. Su mano derecha abandonó la palanca de cambios y buscó la mía sobre mi regazo, entrelazando nuestros dedos con una posesividad absoluta.

—A nuestro hogar —respondió con calma.

Mi corazón dió un vuelco.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, girándome para mirarlo—. ¿Nuestro hogar? Yo tengo mi apartamento y…

Él apretó mi mano, un gesto suave pero inquebrantable. Se giró brevemente para mirarme, y en sus ojos vi una certeza que hizo temblar los cimientos de mi mundo.

—Eres mía ahora, Isabelle. Y lo mío es tuyo.

Volvió la vista al frente, conduciendo con una mano mientras la otra me mantenía anclada a él.

—Vivirás en mi casa, bajo mi techo, dormirás en mi cama y te sentarás en mi mesa, bajo mi protección y mis cuidados.

Era una locura.

Era un secuestro.

Era… el destino.

Debí haber exigido que me bajara.

Debí haber sido más sensata.

Pero mientras el vehículo aceleraba por la carretera, alejándome de todo lo que conocía, una extraña calma se apoderó de mí. Miré su perfil, la tensión de su mandíbula, y luego nuestras manos unidas. Una voz en el fondo de mi mente, antigua y sabia que no sabía que poseía, susurró que no estaba yendo hacia el peligro. Estaba yendo a casa.

Porque, de una manera tan inexplicable como reconfortante, supe que siempre había estado destinada a él.

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