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La bibliotecaria y la bestia #4

Emery

El silencio que siguió a la partida de Ambrose fué peor que cualquier grito.

Me quedé en medio de la biblioteca, abrazándome a mí misma, sintiendo cómo el frío se filtraba en mis huesos a pesar de que mi piel todavía ardía. Los enviados del Alpha habían golpeado un par de veces más y luego, al no recibir respuesta ni percibir movimiento, se habían marchado, dejando detrás una amenaza implícita en el aire.

Pasaron las horas.

La tarde cayó sobre la biblioteca, alargando las sombras de las estanterías hasta convertirlas en garras oscuras que parecían querer atraparme. Intenté seguir con mis tareas. Intenté catalogar, ordenar, limpiar... cualquier cosa para no pensar en dónde estaba él.

¿Lo habrían capturado? ¿Estaría herido de nuevo?

Cada vez que cerraba los ojos, revivía la sensación de su peso sobre mí, de su crudeza llenándome. Me llevé la mano al vientre, donde mariposas aleteaban ante el recuerdo de su posesividad. Olía a él. Podía sentir su rastro impregnado en mí.

Y una sonrisa tonta se formó en mi rostro.

Un sonido en la entrada me hizo saltar.

—¿Ambrose? —pregunté con cautela, mi voz encendiendo una esperanza patética en la biblioteca vacía.

Pero no fue la figura masiva y reconfortante del Beta la que apareció bajo el arco de la entrada.

Era una mujer.

Alta, esbelta y con una belleza afilada que cortaba como un cuchillo. Llevaba ropa de cuero ajustada y caminaba con esa arrogancia depredadora que solo tienen las lobas de alto rango.

Sienna.

Era una de las guerreras de la manada, y todos sabían que llevaba años intentando llamar la atención de Ambrose. No porque lo amara, sino porque ser la compañera del ejecutor garantizaba estatus y poder.

—Vaya, vaya —dijo Sienna, arrugando su nariz perfecta mientras entraba, sus tacones resonando contra el suelo de madera—. Aquí huele... interesante.

Me ajusté las gafas, instintivamente dando un paso detrás de mi escritorio.

—La biblioteca está cerrada, Sienna.

Ella me ignoró, avanzando como un tiburón que ha olido sangre en el agua. Se detuvo frente al escritorio, inhaló profundamente y una mueca de asco deformando sus labios pintados de rojo.

—Hueles a él. Tienes su rastro encima —dijo con desdén, clavando sus gélidos ojos verdes en los míos

El pánico me cerró la garganta, pero intenté mantener la barbilla en alto.

—Ambrose estuvo aquí la otra noche, eso debe ser. Estaba herido y lo curé —dije, tratando de sonar normal, aunque temí que pudiera escuchar mi corazón latiendo con fuerza, evidenciando mi mentira.

O mi miedo.

Sienna soltó una carcajada cruel, un sonido seco y sin humor.

—¿Tú? ¿La bibliotecaria curando al Beta? —se inclinó sobre el escritorio, invadiendo mi espacio—. No seas ridícula. Ambrose es un guerrero. Necesita una loba de verdad, alguien que pueda correr a su lado, no una humana débil y frágil.

—Él no parece pensar lo mismo —solté antes de poder morderme la lengua.

La sonrisa de Sienna desapareció instantáneamente. Sus ojos brillaron con un destello dorado, la señal de que su loba estaba cerca de la superficie, furiosa.

—¿Qué dijiste?

—Dije que deberías irte —pronuncié con voz firme, pero retrocedí al verla rodear el escritorio.

—Eres inmundicia en la manada —siseó.

Me acorraló contra la estantería de archivos. No tenía a dónde huir.

—Eres débil, no aportas nada, solo ocupas espacio y además crees que porque Ambrose te folló una vez por lástima significas algo para él, eres más estúpida de lo que pareces.

—No fué lástima —susurré sin poder detenerme a pensar mis palabras.

—Es un hombre, humana estúpida —sus palabras estaban cargadas de veneno. Me empujó contra la estantería—. Los hombres tienen necesidades. De seguro estaba aburrido. ¿Creíste que él se quedaría contigo? Eres un juguete, Emery. En cuanto se aburra de ti y necesite cachorros fuertes, vendrá a buscar a una hembra de verdad.

Sus palabras se clavaron en mi pecho pero no aparté la mirada. Recordé la sensación de plenitud, el dolor placentero, y cómo, contra todo pronóstico, mi cuerpo lo había recibido mientras me reclamaba.

Porque estaba hecha para él.

—Hablas como si él no te hubiera rechazado, Senna. Como si no estuvieras tras él como una desesperada —repliqué, fué impulsivo y estúpido, pero la rabia era una oleada de fuego en mis venas.

El rostro de Sienna se contorsionó.

Me empujó de nuevo, más fuerte esta vez. Perdí el equilibrio. Mis manos buscaron algo a lo que aferrarse, pero solo encontraron aire. Caí al suelo de rodillas, y el impacto hizo que mis gafas salieran volando de mi rostro. Aterrizaron a un metro de distancia, quebrándose.

—Ups —dijo Sienna, su voz goteando falsa inocencia.

Levanté la cabeza, parpadeando. El mundo se había convertido en una mancha de colores y formas indefinidas. Sin mis gafas, estaba prácticamente ciega. Solo veía la silueta borrosa de Sienna alzándose sobre mí, oscura y amenazante.

—No puedes ver nada sin ellas, ¿verdad? —se burló, dando un paso hacia adelante. Escuché el crujido de los cristales bajo su bota—. Eres patética. Ambrose necesita fuerza y tú solo eres una ridícula humana.

Levantó la mano y solo pude encogerme en mi lugar, sintiéndome más pequeña y vulnerable que nunca, porque ella tenía razón. Yo no era más que una humana que no podía hacer nada contra ella.

Pero el golpe nunca llegó.

En su lugar, la puerta de la biblioteca se abrió con un estruendo ensordecedor que hizo temblar los cimientos del edificio.

Un gruñido llenó la sala. No era humano. Era el sonido de una bestia salida del infierno, una vibración tan baja y potente que resonó en las viejas paredes.

Sienna se congeló.

—¿Ambrose? —preguntó ella, su voz temblando por primera vez.

Yo no podía verlo con claridad, pero podía sentirlo. Y también aquél repugnante olor. Sangre. Mucha sangre. Y violencia.

Una sombra enorme se movió a una velocidad que mis ojos no pudieron procesar. Escuché un grito ahogado y luego el sonido de un cuerpo siendo lanzado contra una mesa de roble macizo.

La mesa se partió por la mitad.

—¡Ambrose, espera! —chilló Sienna, aterrorizada—. ¡Soy yo! ¡Soy Sienna!

—¡No me importa quién eres! —el rugido de Ambrose fué tan fuerte que lo sentí hasta en los huesos—. ¡Trataste de tocar lo que me pertenece!

Me levanté apoyándome en la estantería y entrecerré los ojos, tratando desesperadamente de enfocar.

Ví a Ambrose. Estaba encima de Sienna, sujetándola por el cuello contra los restos de la mesa. Su camisa estaba hecha jirones, su pecho cubierto de sangre oscura que no parecía suya. Sus colmillos estaban fuera, largos y letales, parecía un animal salvaje a punto de arrancarle la garganta a la mujer debajo de él.

Iba a matarla.

Si mataba a un miembro de la manada sin un juicio, el Alpha Supremo tendría que ejecutarlo. No había vuelta atrás.

—¡Ambrose, no! —grité, dando un paso hacia ellos. Él no me escuchó. Su lobo tenía el control total. Gruñía contra la cara de Sienna, que lloraba histéricamente, arañando inútilmente los fuertes brazos.

—Olió tu miedo —gruñó Ambrose, su voz baja, oscura, una promesa de violencia—. La hiciste tener miedo y voy a arrancarte la cabeza por eso.

—¡Ambrose!

Corrí hacia él. Casi tropiezo, guiándome solo por los bultos borrosos, pero llegué a su lado. No lo pensé. Puse mis manos temblorosas sobre sus hombros cubiertos de sangre, justo sobre la piel hirviendo y tensa como una roca por la inminente transformación.

—Ambrose, mírame —supliqué.

Su cuerpo se tensó bajo mis manos. El gruñido se detuvo abruptamente, quedando atrapado en su garganta.

Giró la cabeza hacia mí. Sus ojos eran dos pozos negros, sin un ápice de humanidad. Daba miedo. Era la muerte personificada. Pero no me aparté.

—Debes detenerte —susurré, acariciando la línea tensa de su cuello, ignorando la sangre que me manchaba los dedos—. Estoy bien. No me ha hecho nada.

—Te amenazó, Emery. Intentó hacerte sentir insignificante. Quiso dañarte —su voz se fué endureciendo con cada palabra, su lado salvaje luchando por liberarse, pero si lo hacía entonces estaría en problemas por mi culpa.

—Pero no me ha hecho nada porque estás aquí, volviste por mí —acaricié su mejilla y él instintivamente se inclinó hacia mí palma—. Si la matas, sabes lo que va a pasar. Te condenarán y entonces… te perderé. No volveremos a estar juntos.

Un gruñido bajo vibró en su garganta.

—Suéltala —ordené con voz suave.

Él miró a Sienna, que boqueaba buscando aire, y luego volvió a mirarme a mí. La negrura de sus ojos comenzó a retroceder lentamente, dejando ver el marrón oscuro de su iris humano.

Soltó a Sienna como si quemara. Ella cayó al suelo, tosiendo y arrastrándose lejos de él como un animal apaleado.

—Lárgate —dijo Ambrose con una voz fría y mortal—. Si vuelvo a ver tu cara cerca de ella, ni siquiera la Diosa Luna podrá salvarte.

Sienna no necesitó que se lo dijeran dos veces. Huyó de la biblioteca tropezando.

Ambrose y yo nos quedamos solos.

Él se giró hacia mí completamente. Se veía devastador. Cubierto de sangre, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle.

—Estás sangrando —murmuré, estirando la mano para tocar una herida en su pecho, pero él me detuvo, atrapando mi mano con delicadeza.

—No es mía —dijo roncamente y aquello, aunque no debía, me tranquilizó—. Hice lo que debía hacer para volver por tí.

Me miró el rostro, frunciendo el ceño al ver mis ojos desnudos, parpadeando confusos.

—Tus gafas... —murmuró, pasando su pulgar por mi pómulo—. Lo siento. No llegué lo suficientemente rápido.

—Llegaste justo a tiempo —le aseguré, apoyando mi mejilla en su mano manchada, sin importarme la suciedad.

Ambrose soltó un suspiro tembloroso y, de repente, se inclinó y me levantó en brazos. Me cargó estilo nupcial, pegándome contra su pecho duro y cálido. Me aferré a su cuello, enterrando la cara en su hombro.

—¿A dónde vamos? —pregunté, sintiendo cómo empezaba a caminar hacia la salida, pasando por encima de la puerta destrozada.

—Lejos de aquí. Lejos de esta manada que no sabe cuidarte —gruñó él, saliendo a la noche fría. La lluvia había parado, pero el aire estaba helado.

Me acurruqué contra él.

—Pero no veo nada, Ambrose. No sé a dónde vamos.

Sentí sus labios presionar un beso feroz en mi frente mientras apretaba su agarre sobre mi cuerpo, posesivo y definitivo.

—Tendrás que confiar en mí, Emery —murmuró contra mi piel mientras nos adentrábamos en la oscuridad del bosque—. Te llevaré a nuestro hogar, y no dejaré que salgas de ahí nunca más. Eres mía. Te reclamé. Y eso es para siempre. Cuidaré de tí, te haré mi mujer y pondré muchos cachorros en tu vientre —sus palabras estaban cargadas de una promesa firme y una posesividad que, aunque debió asustarme, solo hizo que mi corazón golpeara con fuerza mi pecho.

Dejó un beso en mi frente y cerré mis ojos, entregándome a él, dejando que me llevara consigo y cumpliera todas aquellas promesas.

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