El Pacto
El restaurante, ahora envuelto en la penumbra de una clientela que se retiraba, se sentía como un escenario de teatro donde cada palabra era un guion perfectamente ensayado. Leyla dejó su servilleta sobre el mantel, un gesto lento y calculado, tras probar los mariscos. Sus ojos, brillando con una intensidad felina, se clavaron en Emmir.
—Dime, Emmir —susurró ella, inclinándose hacia adelante—. ¿Qué puedo decirle a Azra para que se dé por vencida? ¿Qué puedo hacer yo? Tú debes tener al