El motor del auto de Kerim se apagó con un silbido metálico que pareció perforar el aire gélido de la madrugada. Sus manos, aún aferradas al volante, temblaban de una mezcla explosiva de adrenalina y terror puro. Al salir, su rostro era una máscara de preocupación extrema. Divisó al guardia de seguridad en las sombras y se acercó a él con pasos largos y decididos.
—¿Dónde está? —ladró Kerim, ignorando las cortesías.
—Está adentro, señor. Pidió una habitación hace menos de una hora.
Kerim no esp