La noche era un lienzo de sombras que Zeynep atravesaba con la visión borrosa por las lágrimas. A su lado, el llanto de Evan se convirtió en un cuchillo que le desgarraba el alma. La conducción, que hasta hacía unos minutos era una huida frenética, se volvió una lucha contra su propio instinto de madre.
—Oh, no, Evan, mi vida... no llores, cariño —murmuró Zeynep, con la voz quebrada mientras apretaba el volante—. Mamá está manejando y no puede cargarte, pero ya casi llegamos.
Al ver las luces d