El silencio de la habitación se rompió con un sonido que, en ese momento, parecía el estallido de una granada: el timbre de su teléfono. Zeynep, que caminaba de un lado a otro como un animal acorralado, se quedó petrificada. Sus ojos se clavaron en la pantalla. El nombre en el visor hizo que el aire se atascara en su garganta.
Carlos.
Con manos que temblaban como hojas al viento, deslizó el dedo por la pantalla y acercó el aparato a su oído. No se atrevió a hablar primero.
—Hola, querida Zeynep