El eco de un motor rompió la paz monótona de la casa de campo. Zeynep, asomada a la ventana con una taza de café frío entre las manos, vio aparecer el coche de Abram. El vehículo levantaba una estela de polvo fino que se disipaba rápidamente bajo el sol de la mañana. Para ella, Abram no era solo un aliado; era el único puente que le quedaba con la realidad que no intentaba asfixiarla.
Cuando la puerta de la estancia se abrió, la luz del exterior recortó la silueta de Abram. Zeynep se puso en pi