Zeynep entró en la habitación con el paso lento de quien carga el peso de un mundo en ruinas. El aire dentro del dormitorio era denso, impregnado del aroma a madera y de una tensión que vibraba como una cuerda a punto de romperse. Kerim estaba allí, sentado al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en un punto inexistente de la alfombra. No se movió cuando ella entró, pero su presencia llenó cada rincón de la estancia como una tormenta contenida.
Sin decir