La noche había caído sobre la mansión Seller como un manto pesado y asfixiante. En la terraza principal, donde en otros tiempos la familia compartía risas y café bajo el aroma de los jazmines, ahora solo reinaba una penumbra cargada de secretos. Emmir permanecía de pie, recortado contra la barandilla de mármol, con el teléfono pegado a la oreja. Su voz era baja, pero el tono denotaba una urgencia que rozaba la desesperación. Estaba lidiando con las ruinas de lo que solía ser un imperio empresar