El aire de la madrugada era gélido, pero ninguno de los dos parecía sentirlo. Se encontraban en una mesa apartada de un café que nunca cerraba, un rincón de sillas desparejas y luces mortecinas que apenas lograban disipar la bruma que subía del Bósforo. Sobre la madera desgastada, una taza de café humeaba frente a Abram, mientras que un vaso de jugo de naranja permanecía intacto frente a Zeynep, las gotas de condensación resbalando como lágrimas por el cristal.
Zeynep no podía detener el temblo