Zeynep conducía con las manos aferradas al volante, pero sus ojos apenas registraban la carretera. El asfalto era una cinta negra que se desenrollaba bajo la luz mortecina de la luna. De pronto, el peso del silencio en el habitáculo del coche se volvió insoportable. Los recuerdos de la oficina de Hakan, el frío de las esposas y, sobre todo, la mirada gélida de Kerim en el acantilado, empezaron a asfixiarla.
Se orilló bruscamente en una zona oscura de la berma, apagando el motor. El silencio que