El despacho de Hakan era un lugar donde las esperanzas iban a morir. El aire estaba impregnado de un aroma a tabaco costoso y a ese silencio pesado que solo el poder absoluto puede imponer. Hakan estaba sentado tras su imponente escritorio de madera oscura, con la luz de la mañana dándole en la espalda, convirtiéndolo en una silueta oscura y amenazante.
Emmir entró con la mandíbula apretada, sintiendo cómo la piel se le erizaba. Recordaba perfectamente la última vez que Hakan había invadido la