La cena en la mansión Seller nunca había sido tan amarga. El comedor principal, una joya de arquitectura otomana con techos altos y lámparas de cristal que derramaban una luz dorada y fría, se sentía más como una sala de interrogatorios que como un hogar. Sobre la mesa, el cordero asado y los finos mezes permanecían intactos, enfriándose bajo la mirada ausente de los comensales.
Baruk y Selim compartían silencios cargados de reproches mudos. Selim, siempre elegante pero con los ojos cansados de