El silencio en la habitación de la mansión era tan denso que se podía cortar. Solo se escuchaba el leve roce de los cubitos de hielo contra la tela fina de una compresa. Zeynep, con movimientos delicados pero firmes, presionaba el hielo sobre el labio hinchado y ensangrentado de Kerim.
—¡Ah! ¡Cuidado! Me duele —se quejó Kerim, apartando la cara con brusquedad.
—Ya cálmate, ¿quieres? —replicó Zeynep con un suspiro de frustración—. No entiendo por qué lo hiciste. Tú no eres así, Kerim. No eres un