La habitación principal de Emmir y Ariel olía a una mezcla de maderas nobles y a una tensión que se podía palpar. Mientras el sonido del agua golpeando los azulejos indicaba que Emmir intentaba lavar el estrés del día bajo la ducha, Ariel se movía por el cuarto como una sombra errante. Sus ojos, enrojecidos por noches de insomnio, se posaron en la camisa que su esposo acababa de arrojar sobre la cama.
Con manos temblorosas, Ariel tomó la prenda. No la dobló, ni la guardó. Se la llevó al rostro