Zeynep cruzó el lobby del hotel con la barbilla en alto, aunque sus manos sudaban frío. Al entrar a la cafetería, el aroma a café tostado y el murmullo de las conversaciones privadas la envolvieron. En una mesa apartada, cerca de un ventanal que daba a una fuente interna, estaba él. Carlos.
Él no se levantó de inmediato; la observó caminar con una mezcla de admiración y envidia Cuando ella estuvo a un par de metros, Carlos rodó la silla frente a él con un gesto mecánico.
—Veo que sigues siendo