Zeynep cruzó el lobby del hotel con la barbilla en alto, aunque sus manos sudaban frío. Al entrar a la cafetería, el aroma a café tostado y el murmullo de las conversaciones privadas la envolvieron. En una mesa apartada, cerca de un ventanal que daba a una fuente interna, estaba él. Carlos.
Él no se levantó de inmediato; la observó caminar con una mezcla de admiración y envidia Cuando ella estuvo a un par de metros, Carlos rodó la silla frente a él con un gesto mecánico.
—Veo que sigues siendo puntual, Zeynep —dijo él, mientras ella se sentaba con la rigidez de una estatua de mármol. Carlos retomó su asiento y la recorrió con la mirada—. Déjame decirte que estás hermosa. Se nota que estar casada con un Seller te ha sentado muy bien. El lujo te queda natural.
Zeynep no se inmutó ante el halago. Apoyó su bolso sobre la mesa y lo miró con unos ojos que despedían chispas de hielo.
—Déjate de estupideces, Carlos —siseó ella, bajando la voz lo suficiente para que nadie en las mesas contigua