El reloj de pared marcaba las diez de la mañana cuando Baruk se encontraba en su amplia oficina revisando algunos documentos cruciales.
El despacho estaba lleno de luz, con las cortinas abiertas y el aroma del café recién servido sobre la mesa.
A su lado, su hijo Emir hojeaba unos informes con gesto distraído.
De vez en cuando, Emir levantaba la vista y observaba a su padre.
Había algo diferente en él. Su mirada, normalmente firme y serena, parecía ahora cargada de preocupación.
—¿Sucede algo,