La mañana en Estambul había amanecido con una claridad insultante. Después de la tormenta nocturna, de los hospitales, los intentos de suicidio y las amenazas de cárcel bajo la lluvia, el sol brillaba sobre el jardín de la Mansión Seller como si el mundo fuera un lugar inocente.
Kerim Seller estaba de pie en la terraza de piedra, con una taza de café humeante en la mano que había olvidado beber. Sus ojos no estaban en el horizonte, ni en los documentos que debía revisar para asumir la vicepresidencia de su hermano. Sus ojos estaban clavados en un punto específico del jardín, bajo la sombra de un gran roble centenario.
Allí estaba Zeynep.
Había extendido una manta de cuadros suaves sobre el césped, improvisando un picnic matutino. Llevaba un vestido ligero de color crema que ondeaba suavemente con la brisa, y su cabello caía suelto sobre sus hombros, brillando bajo los rayos del sol que se filtraban entre las hojas.
Pero lo que hipnotizaba a Kerim no era solo su belleza, sino lo que est