La mañana en Estambul había amanecido con una claridad insultante. Después de la tormenta nocturna, de los hospitales, los intentos de suicidio y las amenazas de cárcel bajo la lluvia, el sol brillaba sobre el jardín de la Mansión Seller como si el mundo fuera un lugar inocente.
Kerim Seller estaba de pie en la terraza de piedra, con una taza de café humeante en la mano que había olvidado beber. Sus ojos no estaban en el horizonte, ni en los documentos que debía revisar para asumir la vicepresid