Mientras los pasos de Zeynep resonaban en la escalera, alejándose hacia el caos del segundo piso, en el despacho principal de la mansión Seller se estaba produciendo una transformación silenciosa pero tectónica.
Baruk Seller se había desplomado en el sofá de cuero Chesterfield. El hombre que durante cuarenta años había dirigido el imperio con puño de hierro parecía haberse encogido. El miedo a Hakim, el padre de Ariel, lo había paralizado. Sostenía el vaso de whisky con ambas manos para disimul