Mientras los pasos de Zeynep resonaban en la escalera, alejándose hacia el caos del segundo piso, en el despacho principal de la mansión Seller se estaba produciendo una transformación silenciosa pero tectónica.
Baruk Seller se había desplomado en el sofá de cuero Chesterfield. El hombre que durante cuarenta años había dirigido el imperio con puño de hierro parecía haberse encogido. El miedo a Hakim, el padre de Ariel, lo había paralizado. Sostenía el vaso de whisky con ambas manos para disimular el temblor.
—Estamos acabados, Kerim —murmuró Baruk, mirando al vacío—. Hakim controla las rutas de exportación del acero. Si Ariel lo llama... si le dice que Emmir la humilló... Hakim bloqueará nuestros envíos mañana mismo. Las acciones caerán antes del mediodía. Siete años de paz comprada con ese matrimonio, y tu hermano lo incendió todo en un día.
Kerim observaba a su padre. Durante años, Kerim había sido el rebelde, el hijo problemático, el que vivía a la sombra del "perfecto" Emmir. Pero