Siete años de silencio
La suite principal del ala este, aquella que durante siete largos años había sido el bastión del matrimonio entre Ariel y Emmir Seller, parecía haber sido sacudida por un terremoto personal. Las cortinas de seda pesada estaban cerradas, bloqueando cualquier rayo de luz que intentara ofrecer consuelo, sumiendo la habitación en una penumbra asfixiante que olía a perfume derramado y a angustia rancia.
Ariel no estaba sentada en el sofá, ni acostada en la cama. Estaba tirada en el suelo, sobre la alfombra persa que había sido un regalo de aniversario de su propio padre. Su figura, usualmente erguida con la arrogancia de la clase alta, estaba deshecha. El maquillaje corría por su rostro como una máscara derretida, y sus manos, adornadas con anillos que ahora pesaban como grilletes, golpeaban el suelo con un ritmo impotente.
—¡Siete años! —gritó Ariel, su voz desgarrándose al salir de su garganta inflamada—. ¡Siete años de mi juventud! ¡De mi vida!
Frente a ella, de p