A la mañana siguiente, amanecí tumbada, mirando al techo de la suite con las sábanas hasta la cintura y el cabello extendido sobre la almohada. La sensación bajo mi cintura era tirante, un tanto dolorosa, y al más mínimo movimiento me recordaba que yo le había vendido mi cuerpo.
Maximilian ya no estaba. Me había dejado un mensaje para que me reuniera con él en el vestíbulo del hotel. No hubo tiempo para procesar la noche anterior, para analizar lo que había cambiado en nosotros. El cambio fue