CARLOS.
Me quedé mudo.
Plateado…
Rayos, qué bien le queda el plateado a esa mujer.
Tomé su mano, dejé un beso en sus labios que pretendía ser casto, sin embargo terminé abrazándola y pasando mi boca por su cuello perfecto, acariciándoselo con muchas ganas de no detenerme jamás.
—Lo siento —tuve que decirle, porque efectivamente no era muy tarde, a eran las 08:00 PM y los comensales, que no eran muchos, parecían búhos curiosos, pendientes de en qué parte de nuestra anatomía colocábamos nuestras