Mi padre miró a su alrededor con el ceño fruncido, inspeccionando las paredes, el techo y el reducido espacio de mi sala con una mueca de evidente desaprobación. Soltó un largo suspiro, apoyando las manos sobre sus rodillas.
—Mi niña, este lugar es demasiado pequeño —me dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro con adustez—. No sé cómo puedes vivir en este espacio tan reducido. Aquí apenas puedes moverte sin tropezar con tus propias telas y maniquíes. Siento que es muchísimo mejor que regreses