La mañana siguiente amaneció con esa clase de violencia silenciosa que no necesita gritos para anunciar una guerra. Antes de las siete, los principales portales financieros ya habían publicado titulares cuidadosamente ambiguos; antes de las ocho, los medios menos elegantes habían abandonado cualquier pretensión de sutileza y convertían la gala benéfica de la noche anterior en una carnicería pública. Fotografías de Valeria vestida de blanco inundaban las pantallas, congeladas en el instante exac