El silencio que siguió a la aparición de Valeria no fue un silencio elegante ni contenido; fue el tipo de vacío brutal que se produce cuando una habitación entera comprende, al mismo tiempo, que está presenciando el inicio de una tragedia imposible de disimular. Nadie volvió a tocar su copa. Nadie recordó seguir sonriendo. Incluso la música de fondo, todavía sonando con una cortesía absurda desde algún rincón del salón, parecía un error dentro de aquella escena.
Isabella permanecía sobre el esce