La lluvia comenzó poco después de las siete de la tarde, con esa violencia repentina y casi teatral con la que la Ciudad de México parecía recordar, de vez en cuando, que todavía sabía convertirse en tormenta. Primero fueron unas gotas pesadas golpeando los ventanales de la oficina como advertencias dispersas; después, en cuestión de minutos, el cielo se abrió por completo y la ciudad quedó reducida a luces distorsionadas detrás de una cortina de agua.
Desde el piso más alto del Grupo Villanuev