Capítulo XVII: Voy a destruirla yo
La noche cayó sobre el hospital con esa quietud engañosa que tienen los lugares donde el dolor nunca duerme del todo. Desde la ventana de la habitación, la ciudad seguía respirando allá afuera, inmensa y ajena, mientras dentro todo parecía suspendido en una especie de tregua frágil. Valeria permanecía sentada en el sofá junto al ventanal, con la libreta todavía abierta sobre las piernas y la lista escrita unas horas antes convertida ya en algo más que palabras sobre papel. No era una catarsis. N