Aquella mañana, después de haber pronunciado el nombre de Isabella en voz alta y de haber formulado, por primera vez con verdadera conciencia, la pregunta que llevaba demasiado tiempo pudriéndose en silencio dentro de ella, algo cambió en Valeria de una forma tan sutil como irreversible. No fue una revelación luminosa ni una escena grandiosa de redención. Fue algo mucho más íntimo, más peligroso y más definitivo: comprender que el dolor, cuando deja de girar únicamente alrededor de la herida, c