El juzgado cuarto de lo penal tenía las paredes del color exacto de la rendición: un beige que no era beige sino el resultado de demasiados años sin pintar, de demasiadas manos rozando el yeso mientras esperaban noticias que llegarían tarde o no llegarían. Valeria lo notó porque era el tipo de cosa que uno nota cuando está sentada en una silla de plástico desde las ocho y cuarenta de la mañana y son las once y cuarto y el expediente sigue cerrado sobre el escritorio del actuario como si el pape