Boris se deslizó con la parsimonia de un depredador hacia los pies de la cama, separando las piernas de Mónica con firmeza. Ella lo miró con el pecho agitado, suspendida en la expectativa, hasta que sintió el calor del aliento de Boris rozar su intimidad. Cuando la lengua del ruso hizo el primer contacto, húmedo y directo, Mónica arqueó la espalda por completo, clavando las uñas en las sábanas blancas.
El placer la golpeó con una violencia tan inaudita que un grito estuvo a punto de escapar de