En una de las salas privadas, ajenas por completo al colapso de seguridad que se gestaba en la superficie, Anastasia, Coni y Mónica compartían un momento de tensa intimidad. Mónica, sentada en el borde de un diván con los ojos aún hinchados, escuchaba con atención el consejo de las dos mujeres que mejor conocían la crudeza del mundo en el que se movían.
—Mónica, mírate en mi espejo —le decía Anastasia con voz suave pero cargada de una madurez implacable, mientras le acomodaba un mechón de cabel