En el majestuoso salón principal de la mansión en Miami, Zyad vestía su traje impecable, ajustándose el reloj de oro frente al espejo. A su lado, Farih y Amira lo observaban con una amabilidad estudiada y falsa.
—Iré a supervisar los embarques en el puerto de Fort Lauderdale —anunció Zyad con voz firme y serena, sin traicionar el veneno que le quemaba las entrañas—. La operación tomará toda la noche. Farih, quedas a cargo de la seguridad de la mansión. Amira, cuida de la casa.
—Descuida, herman