La habitación quedó sumida en un silencio denso y asfixiante. Coni, acorralada contra el respaldo de la cama, miró a Luka con una mezcla de pánico, confusión y el corazón hecho pedazos. Las palabras del Noruego retumbaban en su cabeza como un eco ensordecedor: *Vas a ser mi esposa*.
—¡Déjame ir, Luka! —suplicó Coni, con la voz quebrada por el nudo que le quemaba la garganta—. Por favor... entiende que lo de anoche no significó nada. Yo no siento nada por ti.
Luka se tensó por completo. La frial