Mientras tanto, en el pasillo principal, Anastasia caminaba con elegancia, pero se detuvo en seco al notar la pesadez en el ambiente. Había cruzado palabras con Coni, a quien vio salir con los ojos rojos del búnker, y el eco de los gritos que habían retumbado desde el despacho de Alaric no habían pasado desapercibidos para ella.
Anastasia conocía perfectamente las expresiones de su esposo. Sabía cuándo Alaric operaba como el frío estratega militar y cuándo la furia posesiva nublaba su juicio de