En la penumbra de su alcoba, Anastasia Genovese deslizaba los dedos sobre la pantalla de su teléfono, observando las imágenes en alta resolución que Thiago le había enviado. A pesar de tener el corazón destrozado y las lágrimas aún frescas en sus mejillas, el entusiasmo desbordante de su amigo lograba distraerla del abismo.
—El de seda italiana imperial, Thiago —dictó Anastasia, y su voz, aunque apagada por el llanto reciente, recuperó un ápice de esa firmeza aristocrática que la caracterizaba—