Dentro de su recámara, Coni Petrov se apoyó de espaldas contra la pesada puerta de madera, escuchando los latidos desbocados de su propio corazón. Su respiración era errática y el dolor en el cuero cabelludo todavía le recordaba la brutalidad de Mordecai. Miró sus manos temblorosas, procesando con frialdad los últimos minutos: sabía perfectamente que el jefe de inteligencia no dejaría las cosas así. Ese golpe en el orgullo y en los testículos la había convertido en su blanco directo, y en una m