El aire en la habitación era un infierno de sudor, lágrimas y el olor metálico de la piel abierta. Boris, con la respiración agitada y el rostro desfigurado por los golpes, sacó una navaja de su bota. Sin pestañear, se reabrió uno de los cortes profundos de la mano, dejando que la sangre fresca brotara a chorros.
—No te muevas, enana... aguanta un poco más —susurró Boris con la voz quebrada, untándole la sangre en los muslos, en la ropa desgarrada y sobre las sábanas para crear la farsa perfect