En la soledad de la habitación, el eco del siseo del tanque de oxígeno parecía burlarse del caos que Coni llevaba por dentro. Con los ojos fijos en el techo, la joven Petrov levantó una mano temblorosa y se tocó los labios con las yemas de los dedos, sintiéndolos aún calientes, hinchados y palpitantes por la brutalidad del beso de Luka.
Hacía meses, incluso años, que Coni no experimentaba esa clase de descarga eléctrica en el cuerpo. El fuego que el Noruego había encendido en sus entrañas con s