De regreso en el búnker clandestino de la periferia de la capital, el ambiente era un polvorín a punto de estallar. Damián Petrov caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, con parches médicos en el rostro, el esmoquin ensangrentado y los ojos inyectados en sangre. Su orgullo y su propiedad habían sido pisoteados por la Dinastía Turner en su propia boda. Estaba que echaba chispas.
El Presidente de la República, custodiado por tres agentes del servicio secreto que vigilaban la entrada de