Apenas cruzó los límites de la residencia presidencial fuertemente custodiada en Washington D.C. y subió a su camioneta blindada, Thiago soltó un largo suspiro que tenía contenido en el pecho. Sus manos, que usualmente sostenían brochas de maquillaje con total firmeza, temblaban por la descarga de adrenalina de haber tenido una navaja en el cuello. Sin perder un solo segundo, sacó su teléfono encriptado de alta seguridad y marcó el número de Alaric.
Al otro lado de la línea, en la mansión de la