Mientras tanto afuera del apartamento....
Mordecai azotó la puerta del auto con fuerza y se sentó tras el volante, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. La rabia le hervía en las venas. Conocía a Boris Petrov desde que eran unos críos en las calles de San Petersburgo, y sabía perfectamente cuándo ese cabrón estaba mintiendo.
—A mí no me vas a ver la cara de imbécil, Boris —gruñó en la penumbra del vehículo, encendiendo el motor con violencia.
Sacó su tableta táctil militar