AURORA.
Termino el plato principal en un silencio denso, denotando la desnutrición de la que habló el médico. Sebasten deja su vaso de whisky y rompe la quietud de la sala.
—¿Quieres postre? —me pregunta, con una modulación sorprendentemente mansa en su voz ronca.
Miro el espacio vacío frente a mí y luego lo miro a él, manteniendo la distancia.
—Sí, gracias —le respondo con sequedad, rindiéndome ante el antojo repentino.
Él levanta sutilmente la mano y, casi de inmediato, dos de las chicas del