AURORA.
Me quito el vestido de novia con movimientos lentos, como retrasando la cosa.
Me pongo la ropa que me dejó Gabriela: unos pantalones cómodos y una blusa sencilla que me quedan holgados. Me recojo el cabello desordenado en una coleta tosca, me lavo la cara con agua helada en el baño para aplacar el rastro de las lágrimas y, con la mandíbula tensa, salgo de la habitación. Esta vez la puerta está sin llave.
Bajo las escaleras de mármol con pasos lentos, sosteniéndome de la barandilla. El e