AURORA
—Es un guerrero —dijo Sebasten en un susurro profundo, besándome el cuello con lentitud—. Igual que su madre. Nos diste a este hijo en medio de una tormenta y te mantuviste en pie. No hay palabras para decirte lo mucho que te amo, Aurora. Eres mi vida entera.
Giré la cabeza hacia él, buscando sus labios en un beso pausado, cálido, lleno de toda la devoción y el alivio que nos habíamos guardado durante el día.
—Yo también te amo, Sebasten —respondí, acariciándole la mandíbula marcada—. Ta