SEBASTEN.
Regresamos a la casona con la orden clara. El sótano olía a humedad, hierro y al hedor rancio del miedo que soltaban las glándulas de los parias. Atravesamos el pasillo subterráneo con pasos pesados. Dos guardias flanqueaban la puerta de metal reforzado. Se hicieron a un lado de inmediato y nos abrieron el paso.
El tipo estaba encadenado a una silla de acero anclada al concreto. Tenía el rostro hinchado, la ropa desgarrada y la carne viva por las heridas del tiroteo en la clínica. Un